Hay secretos que permanecen ocultos durante generaciones. No porque alguien los haya escondido a propósito, sino porque el tiempo termina cubriéndolos de tierra y olvido. En el museo de la Industria Azucarera, instalado en la histórica casa de José Eusebio Colombres, uno de esos misterios permaneció enterrado durante casi 186 años. Recién en 2007, una excavación dejó al descubierto una pieza fundamental para entender cómo nació la actividad que transformó para siempre la economía tucumana. Una caldera que alimentaba las hornallas donde se cocinaba el jugo de la caña de azúcar.

Hoy forma parte de una de las salas más llamativas del recorrido, aunque pocos imaginan que permaneció bajo los pies de generaciones enteras de visitantes. Su descubrimiento no solo permitió recuperar una estructura original de 1821, sino también reconstruir con mayor precisión el funcionamiento del primer sistema artesanal de elaboración de azúcar impulsado por el obispo Colombres.

El recorrido comienza mucho antes de llegar hasta ese espacio. La antigua casona, rodeada por los jardines del Parque 9 de Julio, conserva el aire de otra época. Desde una de sus galerías se observa un patio de senderos de ladrillo, cercos prolijamente recortados y una pequeña fuente que rompe el silencio del lugar. La calma del paisaje contrasta con la intensa actividad que alguna vez tuvo esta propiedad.

"Este museo reviste una gran importancia porque la casona es original de 1821 y perteneció a José Eusebio Colombres, quien además de haber sido uno de los firmantes del Acta de la Independencia fue el precursor de la producción de caña de azúcar en Tucumán", explica el guía Juan Manuel Gómez durante la visita.

Aclara, sin embargo, que Colombres no introdujo la caña en la provincia. Los jesuitas ya la cultivaban en Lules y el propio sacerdote había realizado experiencias previas en Catamarca. La diferencia es que fue en esta propiedad donde comenzó el proceso que, con el tiempo, convertiría al azúcar en el principal motor económico de Tucumán.

El hallazgo bajo tierra

La protagonista de esta historia aparece casi a mitad del recorrido. Se trata de una enorme caldera vinculada al llamado "tren francés" o "tren jamaiquino", un sistema que distribuía el calor hacia varias hornallas mediante un túnel subterráneo.

"Como dato curioso, esta caldera estuvo tapada, enterrada, y nunca supimos que estaba ahí hasta el año 2007. Recién entonces fue hallada durante un trabajo arqueológico y se construyó esta sala para preservar el hallazgo", cuenta Gómez.

La estructura ayuda a comprender un aspecto que, de otro modo, resultaría difícil de imaginar. Las hornallas originales, también conservadas en el museo, estaban construidas al nivel del suelo. La caldera era la encargada de generar el calor que viajaba por debajo mediante un sistema de túneles, permitiendo que varias hornallas funcionaran simultáneamente.

Ese calor iniciaba el proceso de fabricación del azúcar. Después de cortar la caña manualmente y trasladarla en carretas, los trabajadores la molían en trapiches de madera accionados por bueyes. El jugo obtenido pasaba a las hornallas, donde comenzaba la evaporación del agua, la eliminación de impurezas, la cristalización y, finalmente, la obtención del tradicional pan de azúcar.

"Si uno analiza el proceso, verá que el esquema sigue siendo prácticamente el mismo que el de la etapa artesanal. Hoy se incorporaron nuevas tecnologías y se aprovechan derivados como el bagazo para fabricar papel o la melaza para producir alcohol y bioetanol, pero la lógica del proceso continúa siendo la misma", explica el guía.

Mucho más que máquinas

El museo no se limita a contar cómo se fabricaba el azúcar. También reconstruye la vida que creció alrededor de los ingenios.

IMPOLUTA. La casa se encuentra en el corazón del Parque 9 de julio. LA GACETA/ Foto de Analía Jaramillo

Una de las salas está dedicada a los pueblos azucareros y exhibe objetos que reflejan las condiciones laborales de la época, entre ellos las fichas con las que algunos obreros cobraban parte de su salario. En otra de ellas puede leerse sobre una moneda la inscripción "Vale por un kilo de carne", un testimonio del sistema de proveedurías que funcionó antes de la consolidación de la legislación laboral.

El recorrido también reserva espacio para uno de los relatos más inquietantes del folclore tucumano. En un pasillo de paredes blancas, iluminado por una tenue luz rojiza, aparece encadenada la figura del Perro Familiar. La instalación recrea la leyenda que durante décadas circuló entre los ingenios y que aún hoy forma parte del imaginario popular, asociada a los miedos, las desigualdades y los conflictos que atravesaron la historia de la actividad azucarera.

Entre máquinas, documentos, reconstrucciones históricas y recursos interactivos, el museo propone una visita a la evolución de la principal industria de la provincia, que durante estas vacaciones puede realizarse todos los días de 9 a 13 y de 14 a 18.30.

No obstante, es esa caldera descubierta casi por casualidad, oculta bajo tierra durante casi dos siglos, la que resume mejor el espíritu del lugar. La que muestra que todavía quedan historias capaces de sorprender incluso en los capítulos más conocidos del pasado tucumano.